Cada vez que me siento junto al mar me es inevitable volver a aquellas noches. Es una especie de lazo sin nudo que me une a ti.
Es una infinidad que nunca acaba, que siempre fluye. Que sube y baja, más alegre o menos fuerte, pero que no se para. Que no hay final aunque parezca que ahí detrás hay una raya de la que no puede pasar, y que muchos saben que no es así, pero pocos parecen creer esa realidad. Quizá es así lo nuestro, ¿no? Es como si cada verano cogiéramos un barco en el que nos dejamos llevar y nos acerca sin darnos cuenta a ese final inexistente, pero que dejamos que forme parte de nosotros, y la marea se encarga de llevarnos a tierra firme de nuevo. O quizá seamos nosotros mismos los que nos lanzamos de cabeza sin preocuparnos de tocar fondo por esa seguridad absurda de saber que saldremos a flote. Que aunque cada uno nade hacia el lado contrario del otro, volveremos a cruzarnos en la arena y cogeremos de nuevo ese barco que intente llevarnos al final de esta historia.
Fíjate, que aunque sea el mar un símbolo que nos describe, no siempre puedo compararnos con él, porque los mejores baños son siempre en verano, y contigo aun no he probado los de invierno. No he probado la experiencia de sentarnos abrigados frente al mar viendo cómo otras personas cogen ese barco y se someten a ese viaje con un final interminable sin importar lo que dejan atrás. Pero ¿sabes qué? Quiero dejar ese barco. Quiero dejar ese barco y coger un autobús, porque aunque un viaje con vistas al mar se ve más bonito que uno con vistas a la carretera, nunca va superar a los amaneceres con vistas a ti.
martes, 20 de enero de 2015
No hay nada más bonito que despertar con vistas a ti
Suscribirse a:
Entradas (Atom)