miércoles, 3 de septiembre de 2014

En blanco y negro

Es él quien me acompaña y a quien me paso abrazada cada noche. Y cuanto más lo aprieto contra mi pecho no sé si te siento más cerca o más lejos, si me sana la herida o la hace un poco más profunda, si me hace bien o me hace mal.
Debe de estar arto de escucharme hablar de ti, debe de estar aburrido de ser mi paño de lágrimas, y a estas alturas debe odiar los pasos de mi cama a la tuya casi tanto como yo. Pero él bien sabe que no se queda en una simple charla, sabe que siempre después de las charlas llega la rabia. Llega el momento en que lo muerdo para que no se escuchen mis sollozos ni mi odio inmenso a las putas carreteras que te dejan tan lejos de mi alcance. Llega el momento en el que le clavo las uñas por no tirar todo a lo que abarquen mis manos. El momento en el que solo me escucha pronunciar la palabra 'joder', una y otra vez y lo dejo a un lado de la cama. Pero luego llegan las caricias, llegan la calma y las caricias. Llega el momento en el que cierro los ojos y me imagino que eres tú y vuelvo a abrazarlo. Vuelvo a estrujarlo sobre mi pecho tan fuerte como lo haría si te tuviera en ese momento. Y lo beso. Lo beso con cariño, con ternura. Acaricio las partes que antes hube arañado, y le susurro que todo está bien. Y acurrucada a él me quedo hasta que el sueño vuelve a ganar la batalla y me envuelve en su guerra en la que apareces cada noche, y desapareces cada mañana. Pero él sigue ahí, y con una sonrisa le doy las gracias; y en realidad te las doy a ti, por mandarme a alguien que me acompañe estas putas noches de mierda que se hacen interminables sin ti.

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